RETICENTE
Según el
María Moliner, reticencia es la acción de insinuar una
cosa de manera indirecta, sustituyéndola en el discurso por puntos
suspensivos, etc.; generalmente con intención malévola.
Reticente es obviamente el que se expresa con reticencia. Si
vamos al origen de la palabra, entenderemos que la clave está en el
silencio, que intenta venderse como señal de probidad, sensatez y
prudencia, pero que a menudo cursa con dolo, igual que la palabra. En
efecto, hay dos maneras de posicionarse ante las cosas: hablando y
también callando. Y del mismo modo que en el hablar hay categorías,
también las hay en el callar. Se puede callar una vez y se puede callar
asiduamente. Se puede callar sin más, y se puede hablar callando.
Táceo, tacere, tácui, tácitum
es el verbo latino del que proceden reticencia, tácito y taciturno. Su
significado es callar, guardar silencio. No se trata de estar callado o
en silencio, sino de negarse a hablar cuando se es requerido. Nuestro
verbo callar se decanta más al significado de estar en silencio,
simplemente no hablar. El adjetivo tácitus
se refiere siempre a aquello que se quiere mantener guardado, en
silencio. Tenere áliquid tácitum
es tener algo callado, esconder algo; áliquid tácitum relínquere
es dejar algo sin hablar de ello, pasarlo en silencio. Y
tacitúrnitas es el empeño en callar.
Pasando a
la reticencia, el latín lo tiene claro: reticentia
es el silencio sobre una cosa que se debería decir, el silencio
obstinado. Retíceo, reticere, retícui
es guardar silencio, silenciar algo, callarse sobre algún tema, negarse
a responder a una pregunta, ocultar una cosa, encubrirla, disimularla.
Es evidente que hemos suavizado mucho la opinión respecto de la
reticencia. Será de tanto emplearla. Nuestra actual definición
apenas apunta la maldad que comporta administrar aviesamente los
silencios, y hacerlo de continuo. El prefijo re-
es repetitivo. Re-tacere (retícere)
es callar una y otra vez, y seguir empeñado en guardar silencio cuando
corresponde hablar.
He ahí, pues, que
hemos perdido una palabra acusadora, que denunciaba el silencio alevoso
y culpable. La hemos vaciado de casi todo su significado, reduciéndola a
un simple gesto, a un recurso efectista de la expresión hablada. Hemos
aceptado como algo natural la sinuosidad del lenguaje, la evasiva, la
insinuación. Todo eso era para un romano de muy mala nota. Pero las
ciencias avanzan que es una barbaridad, y la comunicación en todos sus
niveles se ha instalado en la reticencia, en los silencios impuestos, en
dar por supuesto lo que ni siquiera está puesto, en volver la cabeza, en
usar anteojeras.
Incluso los medios de
comunicación, que alardean de publicar todo lo que cae en sus manos por
su deber profesional de informar sin ocultar ni siquiera las
informaciones comprometidas, ejercen el silencio selectivo, en especial
en razón de su color político. Pero no hemos llegado al final del
proceso. Estamos a punto de entrar en el período de la reticencia
profesional y patriótica, del más alto valor del silencio que de la
información, de configurar nuevas conciencias sobre el bien y el mal a
base de silencios bien administrados.
Mariano Arnal
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