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- LÉXICO - ETIMOLOGIAS - ORIGEN DE LAS PALABRAS
EL ALMANAQUE
&
LA CASA
DEL LIBRO

EL
ALMANAQUE
dedica sus afanes a poner a tu alcance UNA PALABRA CADA DÍA
PROBLEMA
Es una palabra griega
muy interesante, digna de Aristóteles. El problema viene a
ser en política y en sociología, lo que la sustancia en
metafísica. Su entidad es también metafísica. No es
palpable, no se le puede abstraer de la realidad. Es la
misma realidad que será problemática si nos empeñamos en
vivirla o en explicarla como problema. Tanto es así, que
basta que traduzcamos al latín los dos elementos de que
está compuesta esta palabra, para encontrarnos con un
ilusionante pro-yecto, en vez de sucumbir bajo un
abrumador pro-blema.
La palabra y el
concepto tienen dos claves, expresadas ambas en sus dos
elementos. Empiezo por la segunda: el verbo
ballw
(bál.lo),
equivalente al jactare latino, del que procede la
sustantivación
blhma
(bléma)
determina por sí mismo la subjetividad del problema;
o dicho a la inversa, su total ausencia de objetividad. Si
nos atenemos a los valores físicos que dieron los griegos
a esta palabra antes de llegar a su formulación
metafísica, acabaremos de redondear la idea: la primera
formulación del problema es el promontorio, el obstáculo
que está “puesto” ahí delante. Claro que está “puesto” y
precisamente “delante”, cerrándole a uno el paso, si se
empeña uno en verlo así. Basta rodearlo para que deje de
estar puesto delante. Por eso el siguiente significado que
dieron los griegos a la palabra problema fue el de
defensa, barrera, parapeto. No es que eso esté delante, es
que lo ponemos delante, o nos ponemos nosotros detrás, que
viene a ser lo mismo. Y así, cuando esta palabra empieza
su recorrido metafísico, pasa a usarse con el significado
de pretexto. Totalmente revelador de la sustancia
última de todo problema.
Es importante
observar que el sujeto del verbo siempre es uno mismo, es
decir que una cosa es problema si nosotros queremos
que lo sea; de manera que incluso cuando eso que está
puesto delante es real, es objetivo, somos finalmente
nosotros los que optamos por convertirlo en problema
o no; los que poniéndonos detrás, hacemos que nos
quede delante y nos sirva de parapeto. Y digo que esto
sucede en los que podríamos llamar problemas reales, en
los objetivos. Pero si atendemos al verbo
ballw
(bál.lo) =
lanzar delante, poner delante de sí mismo, está claro que
las cosas no se lanzan ellas mismas, que las lanzamos
nosotros. De ahí que debamos descartar toda objetividad de
los problemas, ni siquiera en el plano de la ficción. Los
problemas se los crea cada uno, se los pone delante (pro,
tanto en latín como en griego, significa en primer lugar
“delante”) si es esa su voluntad o su inclinación.
De ahí que suene tan
sarcástico reclamar soluciones (sólvere es desatar)
para los problemas que uno mismo ha anudado. Yo hago los
nudos, y luego te exijo que tú me los desates. Como en la
mortaja de Penélope, pero mucho más complicado, que si no,
no tiene gracia. Es así como se hace la política. Se crea
primero el problema, es decir se diseña, se construye, se
enmaraña todo lo que se puede, y luego se le exige a otro
la solución. Examinemos cualquier conflicto de esos que
lleva como sustantivo el término problema, y como
adjetivo el nombre de sus “víctimas”, y veremos cómo son
las víctimas las que se han puesto tras el problema, y no
el problema el que se ha puesto delante de ellas.
Mariano Arnal
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