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INDICE
- LÉXICO - ETIMOLOGIAS - ORIGEN DE LAS PALABRAS
EL ALMANAQUE
&
LA CASA
DEL LIBRO

EL
ALMANAQUE
dedica sus afanes a poner a tu alcance UNA PALABRA CADA DÍA
ODIO
Curiosamente esta
palabra tan antigua, procedente del latín, nunca ha dejado
de ser un cultismo. Con lo abundante que es la pasión que
denomina, la palabra sin embargo no lo es tanto. Quizás
porque las pasiones se viven más que se dicen, o porque es
muy difícil encerrarlas en palabras y se dispersan por
tanto entre multitud de ellas; el caso es que la palabra
odio no es
ni mucho menos tan abundante como la pasión que denomina.
Basta que nos fijemos en los “pecados capitales”: no
figura el odio
entre ellos, y sin embargo es mortífero; ninguno de los 7
le supera en capacidad de matar el alma de quien lo
padece. El que más se le acerca, la envidia, sólo cuando
es muy profunda cae en la profundidad de los abismos del
odio.
Odium odii
(dativo y ablativo,
odio; plural
odia)
es la palabra latina de la que hemos obtenido
nuestro término odio.
Es una palabra muy antigua, de cuyo origen no tenemos
noticia. Ni siquiera tiene un campo léxico que nos permita
situarla en un entorno.
Odium
est ira
inveterata, el odio es ira inveterada, dice
Cicerón. Probablemente la diferencia sustancial entre odio
e ira, es que esta última puede darse sin persona contra
la que dirigirla, y sin la obsesión por destruirla; en
cambio el odio necesita una persona o una colectividad a
la que destruir. Sin embargo no le debe faltar razón a
Cicerón en lo de la antigüedad de la ira, puesto que el
verbo odi, odisse,
osus sum (odiar) del que se obtiene el
sustantivo odium,
es defectivo: carece de presente y por tanto ha de emplear
el perfecto para suplir esta falta. De ahí podría
deducirse que para los romanos el odio bien pudo ser el
resultado presente de algo que se había producido en el
pasado. Si examinamos el respectivo término griego
misoV
(odio),
que hemos tomado para formar con él compuestos, tiene
iguales características y significado y que el latino, y
tanto el nombre como el verbo (misew
/ miséo) se emplean en idénticos
contextos, que van del odio intenso y del aborrecimiento,
al simple disgusto, cuando se usa para cosas y no para
personas.
El
odio es sin
duda la pasión más destructiva, el más potente motor de
las guerras; más que la ambición y que la autodefensa, sin
ningún género de dudas. Si se enfrentan dos bandos: el uno
con el arma del odio,
y el otro sin esa arma, es evidente que a efectos tácticos
el primero cuenta con una gran superioridad moral (me
refiero a la moral de combate). Tener que defenderse por
tanto de un enemigo que rezuma odio por todos sus poros
sin responderle con odio, antes al contrario con amor,
genera una inferioridad moral manifiesta. Bombardear
primero con fuego y luego con bocadillos, suena a chiste.
No nos engañemos,
cuando falta un fanatismo que alimente el odio al enemigo,
la guerra está perdida de antemano, porque el fanático
luchará hasta la última gota de sangre. Y si no se le
odia, es imposible cebarse en él hasta esos extremos. Por
eso muchas de las grandes guerras en cadena han tenido un
carácter revolucionario, es decir que han pretendido
cambiar las ideas (incluida la Revolución
Nacionalsocialista, interesadamente silenciada de la que
se alimentó la Segunda Guerra Mundial). Es que sin
ideologías con las que fanatizarse, es imposible mover los
odios colectivos.
Mariano Arnal
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